
Juan “Butoto” cumple 80 años el mismísimo día de la mujer. El 8 de marzo. “Chava” López, su hermana, entonaba un cumpleaños criollo a golpe cariñoso de cajón y rasgueteo fraterno de guitarra. “He venido a entonar esta sed que tiene mi alma de abrazarte. Para que veas que de ti nos acordamos hemos venido hoy a celebrarte. Con tus amigos que hoy te estiman, que te cantan serenatas y canciones, alegremos a estos nobles corazones que hoy rebosan de alegría al festejarte. Sere… nata, hoy, seré… nata”.
Para calmar la duda que tormentosa crece, son nueve los hermanos López Pérez. Dos apellidos que parecen sacados de las conjunciones más comunes, pero que en este caso juntan la alquimia necesaria para volver inmortal la música criolla en ese callejón de Lince que en realidad es la sala de su casa donde pende un discreto cartel de madera: Peña Las López. Cantando desde Surco a Miami. Amiga de mi corazón, tuyo es mi calzón. Y la canción empieza en La menor… falla y te saco la mierda. Dos hijos tiene Adela y 4 la Chava. Ambas separadas con lo que la conjura queda lista.
¿Alguna vez se han topado en una noche, caminando por las veredas oscuras de una calle, con todo un verdadero alboroto, una bulliciosa algazara, música a viva voz, gritos y palmas? ¿Una fiesta casera a puerta y alma abierta? Su casa casa se ubica en la esquina de Pedro Conde y Prolongación Iquitos. Los frejoles con rabanito y su sábana encima son de otro mundo.
Fernando Rentaría también estaba allí. Nació en 1959 y su próspera trayectoria artística lo ha hecho reconocido y famoso a todo lo largo y ancho de la cuadra once de la Av. Cuba, en Jesús María, barrio trovador que lo vio crecer.
Queta Rodríguez también paseaba por ahí. Con el maquillaje aún puesto. Ella trabaja en el Banco Continental. Todo el mundo canta canciones comunes. Todos los viernes el verdadero criollismo.
Cuando se araña la medianoche arriba al local el Chino Yufra. El recordado Ojitos Tristes de la banda del Choclito llega arrastrando los pies, aguardando en el portal de entrada. No quiere molestar a las negras, dice. Hasta que ellas lo divisan detrás de sus lentes de lunas redondas, inconfundible con esa cola que nace en el medio del cráneo, como un envejecido pelado shaolin. Entonces lo llama y lo hace pasar.





















